¡Mamma mia!

Las cosas estaban a punto de cambiar en la oficina. No estaba muy segura de que fuera para bien.
Recibimos la noticia que nuestro Director no podía quedarse más tiempo a cargo del Instituto. El
consejo ya había hecho todo lo posible por mantenerlo en su puesto el mayor tiempo posible, mucho
más allá de la edad de jubilación, pero ahora una prolongación ya no era posible.

Todo el personal, incluidos los pasantes y consultores que trabajaban con nosotros, quedamos
devastados. Todos queríamos mucho al Sr. Negga. Era una persona amable y cálida, muy inteligente y
con un gran sentido del humor. Le encantaba reír y hacer reír. También era un recaudador de fondos
increíble, y el Instituto necesitaba esto para permanecer en la carrera. Todos nuestros medios de
vida dependían de eso.

Negga significa “la noche ha pasado” en uno de los idiomas de Etiopía, pero para nuestra
organización la noche apenas había empezado, una noche sombría cuya oscuridad no prometía nada
favorable y ni siquiera estábamos muy seguros de que llegara el amanecer…
Los días posteriores a la noticia pasaron en un ambiente pesado, como de luto. En los pasillos el
silencio era insoportable; un silencio incómodo que se interrumpía en ocasiones por el chillido de
una puerta o los pasos que iban apresurados de una oficina a otra, y sobre todo por los susurros de
los colegas conversando sobre el caso cabizbajas.

La motivación alcanzó niveles invernales contrario a las temperaturas exteriores en alza.

Para mis adentros me decía que no podíamos dejar caer los brazos tan fácilmente. ¿Dónde estaba
nuestro espíritu de lucha, nuestra capacidad de voltear las cosas y convertir un problema en una
oportunidad?

MarieJo, mi mejor amiga y la persona con quien compartía la oficina charlamos mucho y estábamos
de acuerdo que sería una buena idea de organizar un evento de despedida digno de nuestro querido
Director y mostrar nuestro aprecio.

En mitad de una de estas charlas, entró Gabriela, nuestra vecina, una mujer muy entusiasta y alegre,
muy charladora también. Gabriela y yo y algunas más de las “chicas” de la oficina habíamos quedado
ir a ver a “Mamma Mia”, espectáculo que se llevaría a cabo en una de las salas de concierto en
Ginebra, motivo por el cual vino a ver a MarieJo y a mí.

Le dije medio en broma y sin realmente pensarlo mucho que deberíamos hacer nuestro propio
espectáculo “Mamma Mía” para el Sr. Negga. Todavía estaban flotando mis palabras en el aire, que
los ojos de Gabriela comenzaron a brillar de gusto.

—Siii— exclamó desbordando de entusiasmo. —Excelente idea, sería algo padrísimo — continuó.
“Yo y mi bocota”, pensabe para mis adentros. Me hubiera callado.
Pero Gabriela ya iba a mil por hora en sus pensamientos y ya nos veía en el podio cantando y
bailando. Su euforia era tanta que logró contagiarme y me dejé llevar por su avalancha de ideas. Al
cabo de dos minutos me había convencido.

Lo que jugaba en nuestra contra era el tiempo. ¡Había que actuar, y actuar ya! Teníamos apenas una
buena semana para redactar el guion, seleccionar las canciones, escribir nuevas letras, y un montón
de otros detalles prácticos como encontrar el lugar de la presentación, decidir sobre el día y la hora.
Necesitábamos más personas. Y llegaron. Gabriela, y su legendario entusiasmo contagioso sin
mencionar sus dones naturales de persuasión, no tardó en correr la voz entre los otros miembros del
personal. El Instituto contaba con muchos jóvenes que en su mayoría no conocían al famoso grupo
sueco, pero no obstante ese detalle, se animaron a contribuir.

El día siguiente, ya con las nociones generales para el guion y una selección de canciones que se
prestaban para tal efecto, nos reunimos Gabriela y yo con el equipo completo para afinar los
detalles, repartir los papeles y las tareas. Ya no teníamos tiempo de andar de luto, de quejarnos
sobre nuestra suerte y el futuro poco prometedor para el Instituto. Dejamos de lado todo esta
inseguridad y tristeza para dar lugar a una motivación y un dinamismo que no pensábamos poder
sentir.

Los próximos días cada miembro de nuestro grupo creativo trabajó en sus respectivas tareas:
Gabriela, Verónica, Marta y algunas otras escribieron letras, Jenny se encargó de eliminar las voces
del archivo de música para dejar la versión “karaoke” ( aún no existía Youtube en aquella época).
Erika buscó el espacio adecuado para la presentación y checó con la cafetería lo que podían ofrecer
como bocadillos y bebidas después del evento, Richard con su experiencia en el teatro, nos ayudó
con los detalles del guion técnico y la coreografía, y así poco a poco se fueron tildando las tareas de
la lista.

Yo aprovechaba cada momento libre para escribir letras y juntarme con Gabriela para checar el
progreso, ya que quedábamos como coordinadoras. En casa, utilizaba el tiempo que mis hijos

jugaban afuera para poner mis botas largas, una falda con blusa de colores brillantes, y el sombrero
negro de felpa. Con ese conjunto que me daba un cierto halo artístico ensayaba los pasos de la
coreografía al ritmo de la música.

Me quedé extrañada que pocos del grupo se animaban a cantar, en parte porque estas melodías
eran de otra época, pero también porque mis compañeros consideraban que no sabían mantener el
tono y que su voz no daba para esto. Por lo tanto, decidimos que tomaría la cantada de la mayoría de
las canciones por mi cuenta en dueto con Erika o Elena que eran las únicas que se apuntaron.
No había tiempo para muchos ensayos, es más, después de todos los preparativos, nos quedaba
exactamente un solo día. Llegamos a la oficina con nuestros atuendos de “rockstar”, cada uno con
una camisa o blusa de colores alegres y llamativos y durante la pausa nos reunimos en el espacio
para el evento. Nerviosos e impacientes, pero emocionados tomábamos nuestros lugares bajo las
instrucciones de Richard, que quedó asignado como director. Gabriela era nuestra narradora que
introducía cada canción de manera que la combinación entre narración y música formaba una
historia con el Sr Negga como protagonista.

Y luego llegó el gran día. Una hora antes del espectáculo terminamos los últimos toques: sillas,
equipo de sonido, comida, bebidas, copas, platitos, servilletas, los accesorios para nuestra pequeña
comedia musical, los programas con las letras de las canciones en las sillas. ¡Qué angustia! Pero
también ¡qué entusiasmo!

Después de la bienvenida y la introducción de la primera canción me tocó entrar al escenario,
sombrero puesto, y un bastón y un libro en la mano. Adaptamos “I have a dream, a song to sing” a la
misión de nuestro Instituto y canté “I have a dream, a book to write”, en homenaje al trabajo de
nuestro Director. Después de las primeras notas, el nerviosismo quitó mi cuerpo. Se me olvidó donde
estaba y dejé que la música me transportaba a otra dimensión, donde me sentía elevada, apasionada
y vibrante. Al terminar vi la sonrisa del Sr. Negga y no pude haberme sentido más feliz.
El programa siguió. Dado las circunstancias no podían faltar canciones como “SOS” y “Money,
Money, money” todos adoptadas con letras saliendo de nuestra imaginación. Elena y yo hicimos
dueto para cantar “Mamma Mía” y “Thank you for the music” era nuestra apoteosis.
Los aplausos soltaron y nuestros corazones brincaron de gusto.

No sabíamos lo que el futuro nos traería, pero este evento nos había transformado, nos sentimos
fuertes, tranquilos, seguros, motivados, listos para enfrentar problemas y situaciones complicadas y
más cómplices que nunca. En una semana, no solamente convertimos una situación difícil en un
evento alegre y divertido, sino que también comprendimos que uniendo fuerzas, talentos y
capacidades podemos lograr un montón en poco tiempo. Fue un acto de solidaridad, un ejercicio de
trabajo en equipo, un antídoto contra la tristeza y la inseguridad, una confirmación que siempre
tenemos elecciones: podemos llorar sobre nuestra mala suerte o podemos utilizar un problema para
activar y estimular nuestra creatividad y transformarlo en un motivo de celebración.

¿Y tú, qué escoges?

©Derechos reservados – Kat De Moor – Queda prohibido copiar, utilizar o reproducir de cualquier forma este
material sin previo acuerdo de la autora.

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