Cuando la vida te da limones

Estaba de visita en mi pueblo natal y decidida de secuestrar a mi madre para un “día entre chicas” en
Brujas. Esta ciudad me pareció idónea para una salida donde podríamos combinar una buena comida
con una caminata por las áreas verdes, ofrecernos un pequeño lujo bajo la forma de la compra de
una blusa, un par de zapatos o una falda alegre a menos de la mitad del precio por ser temporada de
rebajas, y rematar todo eso con una pausa en el Vivaldi, nuestro lugar predilecto para disfrutar de un
aromático café acompañado de unas crepas con chantillí.
Nos salimos a tempranas horas para hacer rendir este día al máximo y después de consultar el
itinerario del tren nos dirigimos a la estación de ferrocarril. Era verano, y el pronóstico prometió un
día asoleado, con un cielo despejado y una ínfima posibilidad de precipitaciones. Con esta
perspectiva me pareció que una falda ligera, una blusa fresca y mis sandalias cómodas para caminar
eran mi mejor opción cuando me alistaba para irnos. De todos modos, decidí de llevar una chaqueta;
algo que se deja fácilmente acomodar en la bolsa y que causaría estorbo alguno.
Se me había olvidado que estaba en mi país y que la expresión “una ínfima posibilidad de
precipitaciones” se tenía que traducir por “hay 50 por ciento de chance que llueva a chubascos”.
Además, a pesar de ser un país muy pequeño, el clima parece cambiar a cada cinco kilómetros.
Apenas habíamos llegado a Gante para transbordar y tomar el tren que nos llevaría a Brujas, que las
nubes grises comenzaban a pintarse contra el fondo azul celeste y que un viento fuerte se metía
debajo de mi falda. La chaqueta ya no regresó a la bolsa.
Mi madre y yo nos quedamos mirando una a la otra y no era necesario pronunciar palabra alguna,
pensábamos lo mismo: ¿seguimos o cogemos un tren de regreso a casa? Eso de volver a mis pasos,
no es muy lo mío, así que llena de confianza y con optimismo argumenté que seguramente, en Brujas
encontraríamos otra vez un cielo despejado. Había que tomar este riesgo.
Brujas nos recibió con un aguacero de esos que quedan impregnadas en la memoria por mucho
tiempo. Poco sospechaba que en realidad este día completo quedaría grabado en mi mente para los
años a venir. Miré mis sandalias donde entraba y salía el agua a gusto con cada paso. Un pez podría
vivir perfectamente bajo el arco de la planta de mis pies. El paraguas apenas nos protegía de las
gotas gruesas que el viento soplaba con fervor contra nuestras piernas. Me daba piel de gallina y

pensé que pronto me vería como una gallina mojada y ¡éstas tienen fama de ser locas!! ¿O no va así
el refrán? Mi madre y yo cruzamos miradas, las palabras resultando superfluas. Vimos turistas con
capuchas caminando de manera como si fuera posible evitar las gotas. Era cerca de la hora de la
comida y no tardamos en encontrar un lugar que nos pareció adecuado. La lluvia nos había abierto
aún más el apetito. Escuchar las gotas caer sobre los adoquines mientras que uno está en un lugar
agradable, seco, acogedor donde además huele a comida, es una de las sensaciones que me
encantan. Un camarero nos llevó a la mesa y entregó las cartas. No necesitamos pensarlo mucho:
una “sole meunière” acompañadas de papas a la francesa (en realidad son papas a la belga, pero
dejamos esta discusión para otro momento) y una ensalada verde (cuestión de no tener mala
conciencia) nos pareció ¡una elección más que perfecta! En espera de nuestros platillos, saboreamos
un “kir maison” y unos minutos después disfrutamos de un pescado dorado y los tradicionales
acompañamientos. No pedimos ni café ni postre porque ya teníamos el plan para ir a Vivaldi.
Continuamos nuestro recorrido. Siguió lloviendo, pero ya con menos ganas. Visitamos algunas
tiendas de ropa y vi una túnica en lino color agua que me agradó y que además estaba en rebaja.
Como no queríamos andar cargando bolsas el resto del día decidimos mejor regresar al rato. De esta
manera me dejaba tiempo para pensar si realmente quería hacer el gasto. Tomé el riesgo que más
tarde ya no estaría, pero para mí eso siempre es una señal que hay ¡algo mejor esperándome! Al salir
de la tienda, la lluvia comenzó a soltar con más fuerza otra vez, como si el cielo estuviera enojado, y
en serio. Y luego pasó…
Saliendo de la tienda caminábamos con cuidado evitando los charcos que había dejado la tormenta.
Ni mi madre ni yo percatamos el enorme caballo de madera que se encontraba en la vereda a la
entrada de uno de los negocios. El hocico del animal le dio un golpe duro contra su frente. Ambas
nos asustamos y mi madre presionó sus labios uno contra el otro para evitar de sacar unos gritos de
dolor y armar un escándalo en plena calle. En mi familia tenemos un don o una capacidad aprendida
tal vez de interiorizar dolor y no alarmar nuestro entorno. Nos apartamos de la muchedumbre y en
un callejón lateral tranquilo, me fijé en el daño. Se había formado un pequeño bulto debajo de su
fleco. Me aseguró que no era tan grave. Acaricié su frente en el afán de hacer desaparecer el bulto y
el dolor. Mi madre insistió en seguir nuestro camino y buscar el Vivaldi. Necesitábamos un buen café
y unas crepas con mucha mantequilla, azúcar y chantillí para confortarnos. Llegando al destino nos
esperaba otra sorpresa desagradable. El negocio estaba cerrado por vacaciones anuales. Las lágrimas
ya tenían ganas de brotar y por colmo de males el cielo se juntó a nuestras penas con la lluvia que
soltó otra vez. Encontramos otro lugar para descansar y tomar un café. A pesar de que el personal
fuera muy amable, la bebida excelente, y que la tarta de manzana tibia soltara un aroma agradable,
nos era difícil disfrutar plenamente. La expectativa era otra y el ameno barrullo que producían las
charlas de los otros comensales estaba muy alejado de las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Después de
haber entrado en calor con una segunda bebida, decidimos de regresar a la tienda donde había visto
la túnica y afortunadamente todavía estaba y en mi talla. ¿Nuestra suerte estaba de vuelta? Parecía
que sí, hasta el momento que llegamos a la estación y que vimos que el tren que nos llevaría a Gante
quedó cancelado y el próximo saldría apenas 90 minutos después. Cuando llegamos por fin en Gante,
nos tocó otros 40 minutos de espera para coger el tren al pueblo. Pensaba en mi novio y me
preguntaba si habría contestado a mi email. Agotadas llegamos a Zottegem, no sospechando que
nuestra mala suerte no se había terminado ahí….

Mis padres viven en el piso arriba del negocio de mi hermana, lo que resulta práctico ya que ambos
trabajan ahí; mi padre ejerciendo su pasatiempo favorito, a saber, hacer pasteles para el salón de té
y mi madre ayudando en la cocina haciendo crepas.

Pero cuando mi madre y yo entramos al salón de té, que estaba cerrado aquel día, no era
exactamente el aroma a crepas o pasteles recién hechos que acariciaban nuestros respectivos
olfatos. Este olor era totalmente otra cosa. Apretamos nuestras narices con los dedos. Escuchamos
ruido y voces procediendo del sótano. Apenas pudiendo respirar por el olor asqueroso, llegamos a las
escaleras que llevan al piso.
Encontramos mi hermana y mi padre tomando un descanso y una taza de té. Nos explicaron la
presencia del plomero y lo que había pasado con la cañería. La expresión “día de m.. “ tomó de
repente un sentido muy literal!
Después de escuchar el relato sobre las peripecias en la casa, mi madre y yo contamos nuestro día no
ausento de sus momentos de drama y sus desafíos.
Casi me daba miedo abrir mi ordenador. Pero sonreí cuando vi que mi novio me había contestado. Al
menos algo positivo este día, pensaba hasta el momento que leí el mensaje: no era muy largo, pero si
muy claro: estaba terminando conmigo. Mi vista se volvió borrosa con las lágrimas listas de brotar.
Mi familia me miró y entendió. Y ya no aguantando tanto drama, nos echamos a reír….
Cuando la vida te da limones, hay que sacer el tequila y hacer margaritas.
¿Quién tiene la sal?

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