No conozco Arielle en persona, aún así la considero una buena amiga. Arielle trabaja con su tío Eusebio en la Distribuidora Mar de Libros en la Ciudad de México. Es una mujer joven apasionada por los libros. El plan era de vernos en abril 2020 durante mi viaje a México, viaje cuyo objetivo principal era de presentar mi primera novela al público. En aquel momento nadie pudo sospechar que todo esto no se llevaría a cabo ni en abril ni en ningún otro mes de este año.
El contratiempo de la pandemia no paró a Arielle ni a su tío de distribuir mi libro y presentarlo en eventos dentro de las restricciones impuestas. Fue Arielle quien me invitó a presentaciones y festivales artísticos en línea que me brindaban la oportunidad de hablar sobre la escritura y la novela.
Luego, cuando las reglas de confinamiento comenzaron a aflojarse un poco y era más fácil desplazarse, Arielle decidió de llevar libros a pueblos que no cuentan con librerías ni con bibliotecas y donde el acceso a las historias es muy escaso.
Me encanta esta iniciativa, porque en estos meses de aislamiento, que pasamos mucho tiempo en casa, una buena historia nos puede alegrar el día.
Me gusta esta idea porque considero que todos deberíamos tener la posibilidad de transportarnos a otro mundo y vivir aventuras al lado de los héroes de la historia.
Es un proyecto noble porque las historias nos enseñan y algunas pueden hasta detonar un cambio positivo en nuestras vidas.
Las historias nos recuerdan que todos somos diferentes y al mismo tan similares, que estamos conectados, que hay más que nos une de que nos separa.
Me agrada mirar esta foto y a través de mi novela, me siento como parte de esta comunidad de Juchimilpa, Pilcaya, en la sierra norte de Guerrero.
¡Gracias Arielle y Eusebio por esta noble labor!
